
Dormir bien es mucho más que cerrar los ojos y esperar a que llegue el descanso. La ciencia acaba de confirmar que hay un elemento clave que solemos pasar por alto: la regularidad. Un reciente estudio realizado por investigadores de la Oregon Health & Science University reveló que mantener una hora fija para acostarse, noche tras noche, puede generar una mejora significativa en la presión arterial, incluso sin cambiar la cantidad de horas dormidas.
Para comprobarlo, los especialistas analizaron a un pequeño grupo de adultos que convivían con hipertensión. Durante una primera fase, observaron sus hábitos habituales de sueño: horarios cambiantes, noches más cortas de lo deseado y una rutina poco estable. Luego, durante dos semanas, se les pidió simplemente elegir una hora para irse a dormir y cumplirla todos los días. El resultado sorprendió incluso a los propios investigadores: la presión arterial disminuyó varios puntos de forma sostenida, especialmente durante la noche.
Este descenso, aunque parezca pequeño, tiene un enorme peso clínico. Variaciones de tres a cinco puntos en la presión sistólica pueden reducir el riesgo de eventos cardiovasculares a largo plazo. ¿La razón? Cuando el cuerpo disfruta de un horario constante, el reloj biológico se sincroniza mejor. Procesos como la regulación hormonal, la relajación muscular y la recuperación cardiovascular se vuelven más eficientes, permitiendo que la presión arterial descienda de manera natural.
Los especialistas advierten que este hábito no sustituye tratamientos médicos, medicación, ejercicio o una buena alimentación, pero sí puede convertirse en una herramienta poderosa dentro del cuidado integral del corazón. Algo tan sencillo como respetar una misma hora para dormir —incluso los fines de semana— puede ser el primer paso para una salud cardiovascular más fuerte. A veces, los cambios más efectivos empiezan por rituales cotidianos tan básicos como apagar la luz a una hora fija y dejar que el cuerpo haga el resto.