
Cada cuarto jueves de noviembre, los hogares en Estados Unidos adoptan un mismo propósito: agradecer por lo vivido y compartirlo en comunidad. La festividad conocida como Thanksgiving, que en 2025 se conmemora el 27 de noviembre, va mucho más allá de una gran cena: es un recordatorio histórico sobre la resiliencia humana, la convivencia y el poder de la gratitud como acto transformador.
Un origen marcado por la esperanza
La tradición remonta al otoño de 1621 en Plymouth, hoy parte del estado de Massachusetts, cuando los primeros colonos ingleses celebraron su supervivencia tras un invierno extremo. En ese momento, compartieron una comida con el pueblo indígena Wampanoag, un encuentro que representó cooperación, armonía y reconocimiento mutuo. Este evento es considerado el primer hito que sentó las bases de lo que más tarde se convertiría en una celebración nacional.
Doscientos años después, en plena Guerra Civil, el entonces presidente Abraham Lincoln propuso formalizar un día de agradecimiento para promover la unión en un país profundamente dividido. Aunque la fecha atravesó múltiples interpretaciones con el paso del tiempo, finalmente en 1941 se consolidó como un feriado oficial, manteniendo intacto su propósito inicial: fortalecer lazos y mirar la vida desde la gratitud.
Tradiciones que permanecen, significados que evolucionan
La gastronomía se convirtió en uno de los símbolos más representativos de Thanksgiving. Platos como el pavo horneado, el puré de papas y el pastel de calabaza se posicionaron como íconos culinarios que evocan abundancia y calidez familiar. Sin embargo, el verdadero valor de esta celebración no reside en su menú, sino en lo que ocurre alrededor de la mesa: conversaciones que reconcilian, risas que reúnen y silencios que también se agradecen.
La solidaridad es otro de sus elementos centrales. En muchas comunidades, la festividad se acompaña de acciones altruistas, como donación de alimentos y apoyo a organizaciones sociales, recordando su origen basado en compartir con el otro.
Asimismo, los desfiles se integraron como parte del imaginario colectivo. El más emblemático es el Macy’s Thanksgiving Day Parade, conocido por sus enormes globos, agrupaciones musicales y carrozas temáticas que convierten las calles en un espectáculo festivo.
A su vez, la era moderna trajo “Friendsgiving”, una adaptación de la celebración tradicional, donde los amigos se reúnen para crear su propio espacio de gratitud cuando la distancia o las circunstancias dificultan el encuentro familiar.
Un día que invita a la introspección
Si bien Thanksgiving se presenta como una celebración colectiva, también es profundamente individual. Funciona como una pausa necesaria para reconocer conquistas, aprendizajes e incluso ausencias que también moldearon el año.
En un mundo acelerado, donde el ruido cotidiano muchas veces nos desconecta de lo importante, esta festividad nos invita a recuperar la intención detrás de los gestos: ¿desde dónde agradecemos?, ¿cómo compartimos?, ¿de qué manera celebramos lo que importa?
Agradecer se vuelve entonces un acto de presencia. Una práctica que no solo honra el pasado, sino que también impulsa el futuro, recordándonos que la abundancia real nunca está en lo que se sirve, sino en lo que se da y se recibe con el corazón abierto.
En 2025, cuando el aroma del pavo llene la cocina o el desfile cobre vida en las pantallas y avenidas, Thanksgiving volverá a cumplir su misión: unir a las personas en un mismo sentimiento, resignificar el valor de la comunidad y recordar que la gratitud, cuando es compartida, se multiplica.