
Para Meghan Trainor, todo cambió cuando recibió un diagnóstico inesperado durante su embarazo: diabetes gestacional. Ese momento fue un alerta que no pudo ignorar. En sus propias palabras, comprendió que debía cuidarse de verdad, no solo por estética, sino por salud, por su familia y por ella misma.
Desde entonces, Meghan adoptó hábitos más conscientes: fortalecimiento muscular, chequeos hormonales, seguimiento digestivo y apoyo profesional. Su meta dejó de ser perder unos kilos; ahora se trata de cultivar un cuerpo fuerte, resistente y equilibrado. “Quiero estar sana para mis hijos, para levantarme, para rendir sin que me gane el cansancio”, ha explicado.
También decidió buscar ayuda médica en forma de un fármaco que la acompaña en su proceso de bienestar. Pero no fue una elección impulsiva: investigó, conversó con su médico y optó por un tratamiento que la haga sentir bien física y emocionalmente. Para ella, el camino a la salud no tiene atajos sin reflexión.
Meghan reconoce que su cambio ha desatado opiniones divididas. Algunos la felicitan, otros la critican por su figura. Ella responde con serenidad: su transformación no es un show, es su vida. Su enfoque es firme: priorizar su energía, su autoestima y su capacidad para estar presente en lo que más ama.