
El príncipe Guillermo llegó a Río como quien pisa un nuevo capítulo: sin Kate a su lado, pero con toda una narrativa por escribir. En esta visita, que une diplomacia, ecología y espectáculo humano, las calles cariocas no solo lo vieron pasar… lo absorbieron.
Desde su ascenso en teleférico hasta Sugarloaf, hasta las vistas panorámicas que observó desde lo alto, Guillermo se mostró atento, participativo y con una sonrisa que buscaba amalgamar realeza con cercanía. La ceremonia de entrega de las llaves de la ciudad fue uno de esos momentos que brillan más allá del fasto: allí se impuso un gesto simbólico que conecta historia, poder y aceptación local.
Luego vino el movimiento: movimiento literal. El príncipe caminó, respiró, conversó y tocó —tocó tierra, tocó raíces, tocó manglares. Estas acciones dejan más huella que discursos vacíos. En sus pasos por las orillas de Río, dejó claro que este viaje no es solo turismo diplomático sino compromiso con ecosistemas amenazados.

Y como si el destino fuera una coreografía prevista, su estancia coincide con la premiación de Earthshot Prize: un evento que él mismo fundó para reconocer innovación ambiental. Río es el escenario, pero el mensaje va más allá: cada proyecto premiado será parte de su legado, una extensión de su voz más allá de palacios y protocolos.
Sin embargo, su visita también abre interrogantes: ¿qué significa una realeza que abraza el cambio? ¿Cómo se reescribe la figura de un príncipe heredero cuando camina sobre arenas tropicales? Guillermo ha aceptado el desafío: su paso por Brasil consolida una versión más contemporánea, conectada y, al mismo tiempo, ambiciosa.