
Victoria Beckham ha decidido dejar atrás silencios que pesaban demasiado, y lo hace con una docuserie de tres episodios para Netflix que no solo celebra sus victorias, sino que desnuda sus inseguridades. En “Victoria Beckham”, la estrella revela algo que pocas veces ha compartido públicamente: su larga lucha con un trastorno alimenticio, una historia de presión, autoexigencia y una identidad moldeada por expectativas ajenas.
Desde sus días en el colegio, Victoria recuerda que los comentarios hacia su cuerpo ya resonaban. Fue en la escuela de teatro donde, según cuenta, empezó a sentirse diferente, observada, criticada. Esa sensación se amplificó al convertirse en Spice Girl, al ser “Porky Posh” para algunos tabloides mientras que para otros era “Skinny Posh”. Y con cada etiqueta, la necesidad de controlar su alimentación, su peso, su imagen, se volvió más urgente… y más poco saludable.

Uno de los momentos más impactantes que comparte: seis meses después del nacimiento de su hijo Brooklyn, apareció en televisión nacional donde la pesaron en vivo. Una escena que describe como humillante. Ahí entendió que su cuerpo, su imagen, ya no eran cosa privada; se habían vuelto un espectáculo.
Victoria admite que su trastorno la hizo muy buena mintiendo. Él –el trastorno– no solo quedó atrás de cámaras; lo escondía incluso de sus padres. Se inventaba excusas, sonrisas falsas, apariencias. Decía que comer “solo pescado a la plancha y verduras al vapor” era parte de su dieta regular, que llevaba décadas sin probar chocolate, entre otras restricciones que le hacían sentir que estaba en control, aunque ese control le pasaba factura.
El documental también muestra cómo la presión mediática de los años noventa y los primeros 2000 —cuando la fama era tan pública como implacable— moldeó su relación con la moda, con su propia marca, con su figura. No era solo lo que ella quería mostrar; era también lo que otros esperaban verla mostrar. La serie revela cómo esa tensión creció conforme su marca de moda tomaba forma, con momentos de crisis financiera, críticas de la industria, exigencias irreales.
Hoy, Victoria parece vivir otra relación con la comida, con su cuerpo, con la mirada ajena. Aunque no todo cambió de la noche a la mañana, comparte que este ejercicio de mostrar lo que antes escondía le ha dado un sentido de libertad. Su historia —el talento, el éxito y también la vulnerabilidad— no busca lástima ni admiración vacía, sino empatía: que quienes luchan con estándares imposibles sepan que no están solos.